lunes, marzo 09, 2015

Sólo se aprende lo que se ama



Pintura de Michele del Campo
El título de este artículo es prácticamente el mismo que el del libro del neurólogo y divulgador científico Francisco Mora, Neuroeducación, sólo se puede aprender aquello que se ama (Alianza Editorial, 2012). En este ensayo Franciso Mora explica cómo funciona el cerebro en los procesos de aprendizaje y cómo la absorción y la memorización de estímulos es incomparablemente mayor en contextos de alta intensidad emocional. No es necesario celebrar un festín pantagruélico de emociones, basta con disfrutar. Las emociones afectan directamente al sistema cognitivo, la cognoción se exacerba con el advenimiento de emociones positivas tales como el entusiasmo o la amenidad, la memoria se tonifica cuando interactúa con el afecto y la diversión. En el ensayo Lo que nos pasa por dentro (Destino, 2012), Eduardo Punset escribe que «la pasión es el combustible de la creatividad». Por supuesto. No hay ni un solo ejemplo en la historia de la humanidad en el que alguien haya creado algo valioso para la comunidad mientras bostezaba o abominaba de la tarea que tenía por delante. La conclusión es transparente. El tedio esclerotiza el cerebro y empobrece las conexiones neuronales.  El aburrimiento no mata, pero le quita mucha vida a la vida.

En La educación es cosa de todos, incluido tú (ver página del libro), dediqué uno de sus treinta y tres epígrafes a la diversión. Recuerdo que lo más reseñable que escribí en aquel capítulo es que «sin compensaciones recreativas no se liberan fuerzas creativas». La motivación intrínseca es el placer que destila la realización de la propia tarea al margen de las posteriores recompensas que pueda traer anexionadas. Cuando esto ocurre hablamos en lenguaje coloquial de amar  lo que uno hace, disfrutar, divertirse, entretenerse. El psicólogo Mihalyi Csikzentmihalyi se refiere a esta experiencia como estado de flujo, el momento en que una tarea nos apasiona tanto que nos abduce por completo y nos encapsula en una burbuja en la que se optimizan nuestras capacidades y el tiempo deja de operar sobre nosotros con las mismas coordenadas que emplea fuera de ella. Infelizmente la mayoría de las veces el remolino de lo cotidiano nos condena a llevar a cabo aquellas actividades que nos ayuden a sufragar nuestras necesidades, tanto las básicas como las creadas (tareas alimenticias), en detrimento de cultivar aquellas otras patrocinadas por la pasión y el entusiasmo (tareas vocacionales). De ahí que Eduardo Punset en la obra señalada anteriormente infiera que «la mayoría de la gente se muere a los 27, pero la entierran a la los 72». El ser humano aprende viendo, oyendo, hablando, leyendo y, por encima de todo, haciendo. Aprender no es una operación de trasvase, es una actividad. Hacer es la forma más eficaz para actuar sobre la plasticidad del cerebro, pero sobre todo hacer lo que nos gusta, aquello que nos emociona, porque si nos gusta lo haremos bien, y al hacerlo bien nos gustará y emocionará más. Así en un bucle infinito que se enriquecerá a cada nueva vuelta de agregación.



Artículos relacionados:
La precariedad en los trabajos creativos.
A mí no me motivan. 
Existir es una obra de arte.

jueves, marzo 05, 2015

¡La atención ha muerto, viva la atención!




La atención es el recurso más valioso por el que beligeran millones de estímulos. Es la capacidad de posarse sobre algo concreto, adentrarse cuidadosamente por su interior y marginar durante ese recorrido todo aquello que trate de expulsarnos de allí. Es el sublime instante en que todas las competencias necesarias comparecen para operar sobre un estímulo con el propósito de extraer de él toda su riqueza. En Elogio del papel (Rialp, 2014), el filósofo de la percepción Roberto Casati afirma que «la atención es nuestro principal recurso intelectual». La atención te desliga de la vastedad de lo circundante para centrarte en lo infinitesimal del aquí y ahora compendiado en una tarea. Yo suelo definir la autonomía como la capacidad de colocar nuestra atención allí donde lo dictamine nuestra voluntad y no ninguna otra. Infelizmente, la colonización digital y nuestra condición de habitantes de un tecnosistema cada vez más tentacular y más tentador desafían nuestra autoridad sobre nuestra propia atención. La conectividad ubicua nos descentra también ubicuamente. La glotonería de estímulos, la toxicidad del exceso de información (bautizada acertadamente como infoxicación), una errónea idea de que más información trae anexionado más conocimiento, la sobrecarga de avisos, los artefactos digitales que ejercen de cordón umbilical con los demás y eliminan el problema de la localización, una pródiga oferta de distracciones de toda índole conviviendo en los mismos lugares y con las mismas herramientas destinadas a tareas diametralmente antagónicas a esas distracciones, devienen en un entorno hostil que socava permanentemente los propósitos de la atención. Hay tantas llamadas de atención a cada instante que lejos de muscular este recurso lo han debilitado de comprensión y retención, de absorción inteligible y memoria, sus dos resortes más identitarios. En un juego de contradicciones, el banquete pantagruélico de estímulos adelgaza nuestra atención hasta condenarla a la anorexia y acaso a su propia extinción. 

La vieja atención destinada a la reflexión pausada, absorta, honda, cultivada, ilustrada, introspectiva, creativa, emancipada de todo lo que la aparta de ese fin, ha muerto.  Una jauría de estímulos ambientales intenta sortear el agotado filtro de nuestra atención. El gigantismo de esa avalancha es tan inapresable que nuestra atención se pasa el día separando lo trivial de lo valioso, la basura de la perla, el lodo de la pepita de oro, pero con una celeridad directamente proporcional a la mareante velocidad de llegada de nuevos estímulos. Así ni se adentra en lo valioso ni filtra correctamente lo baladí. Nicholas Carr en el muy recomendable Superficiales, qué está haciendo Internet con nuestras mentes (Taurus, 2011) admite que «la distracción cortocircuita el pensamiento». El Dr. Manfred Spitzen en el inquietante ensayo Demencia digital (Ediciones B, 2013) advierte que «cuanto más superficialmente trato una materia, menor será el número de sinapsis que se activan en el cerebro». Los inputs afloran a una velocidad vertiginosa, pero nuestra capacidad para convertir el estímulo en un sedimento emocional es muchísimo más lenta. Y aquí ocurre el drama. No disponemos del tiempo necesario para que lo que acaece forme parte activa de nuestro acervo biográfico y permee en nuestro patrimonio cultural. No podemos atenderlo como se merece porque al instante irrumpen nuevos estímulos que en un bucle inacabable hay que cotejar, filtrar, discernir, valorar. Todo deprisa, epidérmicamente, superficialmente, evanescentemente. Todo es horizontal. Y sin embargo la profundidad sólo toma forma en lo vertical.