Mostrando entradas con la etiqueta aprender. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aprender. Mostrar todas las entradas

martes, febrero 24, 2026

El aprendizaje y la deuda cognitiva

Obra de Edward B. Gordon

Una máxima proveniente del pensamiento griego nos advierte que todo lo que consiste en hacer se aprende haciendo. Si alguien quiere aprender a tocar el piano, indefectiblemente tendrá que tocar el piano. Si alguien quiere aprender a cocinar, en algún momento tendrá que acercarse a los fogones y ponerse a cocinar. Aprendemos haciendo, pero no solo haciendo, sino que es condición basal que lo que hagamos nos satisfaga al hacerlo. Aprendemos cuando algo nos zarandea y somos capaces de establecer novedosas conexiones de ideas con el conocimiento que nos ha conmovido. No hay aprendizaje posible si en la propia acción de aprender no hay recompensa fruitiva. Solo aprendemos lo que amamos, como reza la obra más célebre de Francisco Mora, y solo amamos aquello que nos induce gratificación y entusiasmo. 

A diferencia de aprender, enseñar es brindar conocimiento para posibilitar cambio y emancipación. Se puede acceder a información y conocimiento compartido en una miríada de lugares, pero pensarlo, metabolizarlo e internalizarlo para disciplinarlo en comprensión y aprendizaje es privativo de cada cual. Aprender se alza en una experiencia de recepción personal que atañe en exclusividad al que se la apropia. Consiste en incorporar información y conocimiento en la gramática de la propia vida para responder con más solvencia a las demandas siempre en perpetuo tránsito de nuestro derredor. Javier Martínez Aldanondo con su habitual clarividencia sobre cuestiones relacionadas con la inteligencia ayuda esclarecer este paisaje cuando descompone la inteligencia en lo que sabemos hoy (conocimiento) y en lo que necesitaremos saber mañana (aprendizaje). Aprender no es ensanchar el mundo, es ampliar y afinar lo que nuestra mirada ve en él. Es en este preciso punto donde radica el más acuciante riesgo de externalizar ciertas prácticas en las inteligencias artificiales generativas. Si aquello que hay que hacer para aprenderlo mientras se hace lo realiza una máquina, porque se prima el resultado sobre el proceso, entonces se quiebra el evento de aprender. El experto en Inteligencia Artificial (IA) Senén Barro se refiere a esta forma de uso con el gráfico término de delegación cognitiva

Convertir una inteligencia artificial en sustituta de las operaciones de nuestro cerebro nos apresura a la trampa de la deuda cognitiva. Esta deuda opera en la cognición de forma análoga a una deuda financiera en el ámbito económico. Prevalece la obtención de un beneficio inmediato a cambio de hipotecar la capacidad futura de pensar. La máquina reemplaza al razonamiento autónomo que previamente ha delegado en ella la tarea de deliberar, sopesar ideas y decantarse por las más óptimas. Reflexionar es el procedimiento en el que la autonomía personal deja de ser una abstracción y se erige en un instante libérrimo claramente acotado. Si este proceso lo ejecuta una máquina, entonces el sujeto caerá en la reflexión pasiva, la irreflexión, o la  insolvencia epistémica. Desde la invención de la escritura cuneiforme y las tablas de arcilla hemos atesorado el conocimiento para protegerlo de la desmemoria, pero es la primera vez en la historia de la humanidad donde el ejercicio reflexivo se puede desempeñar fuera del cerebro. 

Es muy tentador encomendar a una fuente externa el denuedo sinuoso que supone pensar. Delegar en la inteligencia algorítmica el hercúleo esfuerzo mental implícito en la construcción de pensamiento abre la espita de una nociva atrofia cognitiva, esto es, la imposibilidad de establecer una continuidad de argumentos para vertebrar entendimiento y comprensión. Imposible no citar aquí la atrofia narrativa testimoniada y conceptualizada por Lola López Mondéjar en su ensayo Sin relato, la carestía que padecen infinidad de personas de poder narrarse a sí mismas con una gramática y un léxico que les confiera una biografía sólida. La IA no puede configurar el orbe afectivo ni modelar el carácter, es inoperante para la gobernabilidad de los deseos y la elección de fines. Combina y sintetiza prodigiosamente conocimiento, pero este conocimiento se antoja inservible si no se hace algo con él.  Hace unos días me vi envuelto en una conversación en la que una persona encomiaba las bondades de la IA. Asentí y comenté que efectivamente la IA hace un sinfín de tareas que despiertan asombro y perplejidad, sin embargo la más importante para el ser humano no la puede ejecutar. Me preguntó a cuál me refería. «La IA no puede aprender por ti».

 

   Artículos relacionados:

martes, junio 25, 2024

El placer de aprender, contemplar, escuchar

Obra de Eva Navarro

En la pasada Feria del Libro de Madrid una lectora se acercó a la caseta de la editorial Alvarellos en la que me encontraba, vio que uno de los libros que firmaba era Leer para sentir mejor, y comenzó a departir conmigo. Después de un rato compartiendo palabras protocolarias, me confesó algo muy personal: «Leer me angustia». Al escuchar sus argumentos deduje que en realidad leer no le angustiaba, le angustiaba tomar conciencia de que por mucho que leyera siempre le quedaría una ingente cantidad de libros por leer, conclusión bastante obvia simplemente con echar un vistazo a nuestro alrededor y ver tantísimas casetas rebosantes de libros. Me recordó a mí mismo cuando hace años cada vez que entraba en una librería me agobiaba porque se volvían acuciantes las ganas de apresar todo lo que esos miles de libros atesoraban en su interior, o cuando accedía diariamente a varias bibliotecas en cuyos estantes hileras interminables de libros gritaban con su presencia todo lo que desconocía. Afortunadamente ya no padezco estas dolencias, no al menos con la lacerante intensidad de antaño. A esta amable lectora le revelé que últimamente cada vez que leo siento el poder balsámico de la lectura, su carácter sosegante y nutricial para el alma. Además de una placentera ordenación interior, siento vívidamente que con la lectura estoy llevando a cabo un acto disidente en el exterior. Leer pausa el mundo, ralentiza la vertiginosa cadencia de los tiempos productivos, regala una introspección que en sí misma enlentece el momento,  permite pensar el instante mientras se vive porque suspende esa celeridad innata a la subjetividad neoliberal. En Gozo, Azahara Alonso nos regala una reflexión audaz: «El cuerpo se ha convertido en una herramienta que permite renovar las necesidades del ser, pero no le deja estar». Cuando leo estoy en el cuerpo que soy.

En  La crisis de la atención Amador Fernández-Savater apunta una prescripción que la lectura dona sin que seamos muy conscientes de ella: «La mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella. El pensamiento que se precipita queda lleno de forma prematura y no se encuentra ya disponible para acoger la verdad. La causa es siempre la pretensión de ser activo, de querer buscar. Atender es aprender a esperar; es una cierta pasividad, pero en forma «activa»; es estar al acecho». Creo que este estar al acecho de Fernández-Savater significa lo mismo que estar a la escucha. En mis años de estudiante de Filosofía acudía a las clases de un profesor que distinguía entre estar a la escucha y estar al acecho. Estar a la escucha era estar predispuesto al deleite y la belleza que hay en cada cosa simplemente si prestamos atención y cuidado. Estar al acecho era buscar con ojos mercantilistas esa belleza para convertirla en utilidad, en algo que pudiera devenir intercambio en el mercado. Entonces el sintagma sujeto de rendimiento no existía en el lenguaje, pero es perfecto para describir en qué consistía aquel estar al acecho. 

Tengo un amigo al que le agobia hasta extremos paralizantes no poder verificar de qué se apropia cuando lee. Sabe que el acto de leer le está transfiriendo un conocimiento que sin embargo no se sedimenta, o al menos él no tiene conciencia de ello. Está al acecho. Ante la no memorización contrastada sufre como la lectora de la Feria del Libro, aunque por causas diferentes.  Le enerva la invisibilidad del trasvase de conocimiento, que ese saber deje una impronta momentánea que se le olvidará enseguida, o que deje una huella más duradera pero no que la perciba. Es un caso curioso porque luego en otros órdenes de la vida mi amigo es un acérrimo proselitista del disfrute de las acciones al margen del resultado. El deseo vehemente de atrapar un conocimiento cuya captura se manifieste al instante le hurta el principio de placer de la propia práctica, sin el cual es harto difícil alcanzar la cristalización del conocimiento. Solo se puede aprender lo que se ama, y con lo que se ama no puede haber una relación de acecho y captura. Como es un tema muy recurrente, una vez le comenté: «Creo que quieres docilizar estratégicamente un aprendizaje que ya acontece en la propia práctica. ¿Por qué no lees y te olvidas de todo lo demás?»

Frente al sujeto de rendimiento que quiere datificar con resultados la eficacia del aprendizaje, es más inteligente contraponer el sujeto de la contemplación que observa sin ningún afán persecutorio salvo el de la propia contemplación. María Zambrano nos enseñó que la contemplación es el tributo que nos exige la belleza si queremos disfrutar de ella. Se trata de una contemplación desposeída de las lógicas capitalistas de productividad y rentabilidad. Desafortunadamente en los tiempos de producción predomina un hacer por hacer porque luego hay más que hacer que dará paso a concatenados nuevos haceres que no concluyen nunca,  en menoscabo de un hacer hecho por amor a lo que se hace. Cuando estamos a la escucha y nos sumergimos en una tarea por el placer de realizarla no somos sujetos de rendimiento, devenimos sujetos que aspiramos a conferirle a la vida dimensiones mucho más enriquecedoras que la de la mera maximización de la tasa de ganancia. Estar a la escucha ya es estar aprendiendo. Es hacer de lo que acontece un lugar de encuentro con la vida para vivirla mejor.

  
Artículos relacionados:
Vidas aplazadas
Vivir entusiasmadamente.
La precariedad en los trabajos creativos. 

martes, abril 13, 2021

Nunca el tiempo es perdido

Obra de Marc Figueras

Hace unas semanas me provocó una gran alegría comenzar a leer el nuevo ensayo de Marina Garcés, Escuela de aprendices, y toparme en su introducción con una reflexión en la que sostenía que nunca el tiempo es perdido. La filósofa y activista citaba la canción de Manolo García, un tema que se popularizó recién desprecintado el primer año del siglo XXI. Me alegré porque en muchas conversaciones he citado el título de esta tonada para argumentar que el resultado de la evaluación que realizamos sobre nuestro tiempo no depende tan solo del logro de nuestros propósitos, sino de lo que aprendimos mientras pretendíamos colmarlos. De hecho, se suele afirmar coloquialmente que el tiempo nunca es perdido, sino aprendido. Me cuesta admitir tanto optimismo, porque el aprendizaje es un proceso transformador con capacidad de articular nuestra conducta y regular nuestro orbe afectivo, y no siempre aprendemos a pesar de que la vida no interrumpe jamás su empeño en enseñarnos. La inmersión en el tiempo no necesariamente adjunta pedagogía. Lo que sí la proporciona es lo que hagamos con nuestra gobernabilidad mientras transcurre el tiempo.

Existir proviene de existere, que significa salir fuera de nosotros. Es un dirigirse al exterior que requiere pormenorizarse, porque salimos fuera para nutrirnos por dentro. Es un salir a la posibilidad, a la proyección que hace que cualquier animal humano sea una hibridación de memoria y porvenir, un curioso ser eslabonado de pasado, presente y futuro, un cazador-recolector de tácticas y prácticas para alcanzar aquello que inscriba sentido a esa existencia con la que se encontró cuando lo nacieron sin que nadie le solicitara anuencia. Con una retórica de libro de cuentas corporativo subtitulamos como fracaso aquellas posibilidades que nunca alcanzaron la realidad. Hace muchos años me encontré en mitad de mis investigaciones sobre las leyes de la persuasión con un sesgo llamado la trampa abstrusa. Otros autores la llaman la tozudez del inversionista. Consiste en continuar un proyecto de la índole que sea en el que se ha invertido tiempo, esfuerzo y conocimiento. El sesgo estriba en persistir con tenacidad porque el agente engatusado por la propia trampa se niega a abandonar el proyecto sin haberlo amortizado, aunque los indicadores animen a clausurarlo cuanto antes puesto que todo apunta a su irrevocable disolución. Sin embargo, el inversionista no capitula en su afán de equilibrar gastos y beneficios, y no relee como ganancia todo el bagaje aprendido en el tránsito que va del propósito a su ejecución. Para la métrica económica ese tiempo supone un coste sin tasa de retorno. Acarrea pérdidas. Para las lógicas del aprendizaje ese tiempo no tiene precio.

Termino ya. La depauperización del tiempo no es no hacer nada, sino tener que hacer tanto que es imposible disponer de él sin que a uno no le arponee la sensación de estar despilfarrándolo. Es un gran triunfo de la sentimentalidad neoliberal y su obsesión productivista. A veces es fácil tropezar en teorías conspiratorias y creer que existe un complot planetario para que nadie se ensimisme, que es el momento en el que a pesar de que uno está aquietado no para de merodearse por dentro. Recuerdo que en una ocasión me reprocharon que vivía muy ensimismado. Mi repuesta fue un suspiro melancólico: «¡Ya me gustaría!». Vivimos tan centrifugados por el torbellino de la actividad productora que la mayoría de las veces nos hallamos expropiados de nuestros tiempos, nuestros espacios, nuestros intereses genuinos. La imputación de creer que el tiempo se malogra si no adjunta compensación monetaria alguna ha convertido al ser humano en un ser nostálgico por no poder habitarse a sí mismo de un modo más confortable y sosegado. La celeridad indisoluble de la rentabilidad impide parsimoniar los días para establecer con el tiempo una relación más amable, más tranquila, más nutricial. Dentro de este paisaje un tanto negruzco hay una buena noticia. El mismo tiempo que avejenta los cuerpos, no arruga los deseos, no restringe la capacidad de crear metas sobre las que fabularnos y proyectarnos como seres siempre en curso. No recuerdo a qué autor le leí que él ya no era joven, pero sus deseos sí. En la preciosa pieza La estación de los amores, Battiato canta que los deseos no envejecen a pesar de la edad. Estoy de acuerdo con mi cantante favorito, aunque conviene agregar que la edad intermedia tanto en la selección de nuestros deseos como en su contenido. Ojalá que cada nuevo deseo, cada nuevo proyecto, cada nuevo aprendizaje, nos provoque tanta alegría que nos fastidie tener tan solo una vida por delante. Ese tiempo sí que es un tiempo que nunca será tiempo perdido.

 

    Artículos relacionados:

   Aprender es admitir que siempre seremos aprendices.