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martes, mayo 05, 2026

El número Dunbar y la rebelión del afecto

Obra de Edward B. Gordon

Se le atribuye al etólogo Konrad Lorenz la tesis de que solo podemos mantener relaciones afectivas de calidad con grupúsculos de no más de once personas. El antropólogo británico Robin Dunbar amplió la cifra de Lorenz y teorizó que nuestro orbe afectivo puede acoger aproximadamente hasta ciento cincuenta personas. Colmada esta cifra los nexos afectivos se fragilizan y desarticulan, pierden calidad y profundidad. Las especificidades afectivas de cuidado, ternura y atención se difuminan, las interacciones se espacian y se vuelven más efímeras y superfluas. La dilatación en el tiempo y la dispersión geográfica favorecen que las relaciones terminen pivotando en torno a otros intereses, o poco a poco languidezcan a causa de un gradual vaciamiento. El afecto es una miscelánea sentimental de afinidad, conectividad y complementariedad hacia alguien, pero para que enraíce se requiere un cultivo y una dedicación difíciles de llevar a cabo en un mundo apresurado y atestado de tareas y personas. Según Dunbar,  nuestra capacidad cognitiva solo puede articular un número limitado de relaciones con vinculación estable y significativa. Estas ciento cincuenta personas no conforman una afectividad uniforme, sino distintas capas vinculares que se distribuyen entre personas cercanas, familia, amistades, personas íntimas, contactos significativos, etc. Este número aparece en estudios de comunidades ancestrales (como los cazadores-recolectores), no obstante, en grandes ciudades donde la pauta es el anonimato, el guarismo decrece drásticamente hasta las diez o quince personas. 

Si Lorenz y Dunbar nos recuerdan que el afecto tiene límites biológicos, el capitalismo emocional los desborda. Las plataformas digitales y las redes sociales metrifican y monetizan nuestra necesidad de afecto, a pesar de contravenir nuestra propia infraestructura afectiva y su radio de acción. En la megalópolis digital la caza y captura de likes se convierte en moneda de validación social, los mensajes de texto reemplazan a las conversaciones, la virtualidad orilla a la presencialidad, la infinitud horizontal penaliza lo profundo,  las relaciones se orquestan como inversiones con plazos y objetivos que en caso de incumplirse se desechan enseguida. La hybris capitalista ha encontrado un filón en la esfera de los afectos, aunque su lógica lucrativa de siempre más atente contra la naturaleza del propio afecto contaminándolo de instrumentalidad. El afecto nos constituye, y la configurabilidad de la persona que somos es el resultado de nuestra vida trenzada con otras vidas en un reducido círculo empático inmerso sin embargo en un gigantesco tejido social. El afecto se alza en un gesto de disidencia en un mundo economizado cuyo criterio de valor está anclado a  la productividad, el rendimiento y la utilidad. Cuando abrazamos, hablamos, escuchamos o simplemente estamos con alguien sin esperar otra contrapartida que la propia gratificación inserta en esa acción afectiva, desafiamos el empecinamiento del capital de convertirlo todo en mercancía orientada a maximizar su valor de cambio. El afecto desmercantiliza y desinstrumentaliza nuestra relación con el mundo. Es pura subversión.

Si el afecto es un acto de resistencia, ¿qué ocurre cuando no sentimos cariño por alguien?, ¿estamos capitulando ante las lógicas mercantilistas? El mundo pantalla y el hacinamiento urbanita nos exponen a un sinfín de personas, pero el afecto solo florece en círculos pequeños. Para que lo que presumimos más humano no se diluya hasta desaparecer, hemos inventado una poderosa estrategia: que el sentimiento ceda paso a la virtud. La virtud es el modo de conducirnos de acuerdo a unos principios que consideramos irrevocables para que la convivencia sea un lugar acogedor y armonioso. La estratagema estriba en que llegue la ética allí donde no alcanza el sentimiento afectuoso. El afecto opera en las distancias cortas, en cambio, la ética lo hace en las distancias largas. El afecto se cuela en relaciones cercanas que requieren iteración y reciprocidad. La ética se introduce en las relaciones con cualquier persona por muy alejada que se encuentre de la nuestra, precisamente porque es una persona que nos insta al deber de cuidar la dignidad de la que es portadora. Como quizá no sintamos cariño hacia ella, debemos exigirnos una conducta virtuosa. Es imposible trabar amistad con personas que no conocemos, pero sí podemos tratarlas con la consideración que merece su dignidad en tanto pertenecientes a la especie humana. He aquí la amistad cívica. Una forma de buen trato que desborda cualquier número. Cualquier círculo. Cualquier distancia geográfica. 


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martes, septiembre 26, 2023

Cosificación: la negativa a apreciar lo humano en un semejante

Obra de Rebeca Sampson

La cosificación consiste en tratar a una persona como si fuera un objeto. Nadie puede metamorfosear a nadie en un objeto, pero sí tratarlo como si lo fuera, lo que desvela el parentesco de la cosificación con la manera que elegimos de relacionarnos con nuestros semejantes. En Ciudadelas de la soberbia, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum sostiene que «cosificar significa dar trato de cosa. Pero a tratar un escritorio o un bolígrafo como cosas no lo llamaríamos cosificación, pues los escritorios y los bolígrafos simplemente son cosas. Cosificar significa convertir en una cosa, tratar como una cosa, aquello que en realidad no es una cosa, sino un ser humano. La cosificación implica, pues, una negativa a apreciar lo humano de aquello que se cosifica o, más habitualmente, a negarle activamente su plena condición humana». Para Nussbaun la cosificación es un concepto agrupador que entraña siete ideas diferenciadas, siete formas de tratar a una persona que no necesariamente operan de manera simultánea. Se puede dar una dimensión y sin embargo desactivarse otra u otras, aunque todas ellas hallan su fuerza gravitacional en que la persona no pueda elegir por sí misma. Dicho lapidariamente. La cosificación de una persona estriba en la anulación de su volición.

Los siete vectores son los siguientes. Cosificar es tratar a una persona como una cosa al considerarla: 1) Un instrumento, una herramienta para los propósitos del cosificador (las personas se releen como entidades serviles puestas a su entera disposición). 2) Una entidad no autónoma, sin capacidad para actuar y autodeterminar su agenda. 3) Canjeable y por tanto intercambiable (frente a la irremplazabilidad propia de la singularidad que porta cualquier persona). 4) No inviolable (es decir, carente de límites que hay que respetar, «como si fuera algo que se puede deshacer, machacar, penetrar o asaltar». 5) Susceptible de ser poseída y por lo tanto usada como una propiedad. 6) Desocupada de subjetividad (sus sentimientos y sus valoraciones son minusvalorados o directamente desatendidos). 7) Silenciable (tanto si enmudece como si habla, puesto que lo que pueda afirmar no merece atención ni consideración).  Aparte de estas terroríficas siete dimensiones, creo que también se puede hablar de cosificación cuando se propician contextos que escinden a las personas de sus capacidades, de esas potencias de vida que al desplegarse les surten de fruición y entusiasmo. Cosificar sería favorecer o suscribir formas de vida que socavan estas posibilidades vigorizantes, las que hacen que las personas abracemos la vida como oportunidad deseable de ser vivida.

En el ensayo Hacer disidencia del tecnocrítico francés Eric Sadin, se formula una prescripción para que la vida humana compartida sea un lugar más apacible y hermoso: «No reducir al otro a una función instrumental y favorecer los vínculos de pura reciprocidad». Infortunadamente el ethos neoliberal opera en la dirección contraria. La satisfacción del lucro privado se supraordina a cualquier precepto que vele por una vida compartida buena y que alce a la otredad como una instancia portadora de una dignidad que nos obliga a su atención y cuidado (que es la manera más sensata de cuidar la propia). En aras de extender los márgenes de beneficio no es rareza precipitarse en la cosificación de la alteridad, puesto que es su cosificación (cuyas ramificaciones pueden sedimentar en sometimiento, dominación, subyugación, deshumanización, impersonalización. extractivismo, abuso, anulación) la que facilita la productividad y la ampliación de la ganancia monetaria. En la obra El desorden democrático Michel J. Sandel sostiene que «los sistemas económicos deberían juzgarse en función del tipo de ciudadanos que producen». Mari-France Hirigoyen aborda en Los narcisos cómo la competición exacerbada promocionada por el régimen neoliberal inflaciona la soberbia en las personas que se alzan con puestos de honor y el autodesprecio en aquellas otras que no alcanzan los estándares sociales asociados a la esfera laboral. El cesarismo de los soberbios propende a cosificar en entornos que exigen subordinación como contrapartida salarial. El soberbio no es que esté incapacitado para percibir a los demás como iguales, es que solo se ve a sí mismo. Y la estructura competitiva es ideal para agigantar esta miopía.

 

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