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Hace poco me topé con la expresión neoliberalismo
emocional. La leí en un artículo firmado por el profesor Enrique Javier Díez,
autor del reciente ensayo Neoliberalismo
educativo (ver).
En sus páginas vivisecciona la degradación de la educación convertida en
sirvienta sumisa y solícita para satisfacer las exigencias del mercado. El
neoliberalismo emocional que el profesor cita en su perspicaz texto debería
llamarse neoliberalismo sentimental. No afecta solo a las
emociones, sino a toda la retícula del entramado afectivo en el que se
incardinan los sentimientos como una dimensión que opera redárquicamente con
otras dimensiones. Esta es la idea que traté de exponer en mi ensayo La
razón también tiene sentimientos (ver). La
institucionalidad neoliberal aboga por la optimización de la libertad de las
prácticas comerciales, empresariales y corporativas. Predica que la libre
maximización del autointerés de los miembros de la comunidad en su afán de
acumular capital genera riqueza y bienestar entre sus miembros de manera
espontánea. Como reduce la vida a ludopatía por la gratificación económica,
articula toda la praxis humana en torno a este hecho y se olvida del resto de
motivaciones que hacen que la vida humana sea humana. Todo fenómeno social
parte de fenómenos morales, pero los fenómenos sociales no son inocentes e
inoculan disposiciones sentimentales. En un sistema todo se retroalimenta
holísticamente. El neoliberalismo sentimental o capitalismo afectivo mimetiza
las lógicas del neoliberalismo económico, sobre todo la desconexión de la
acción humana de un marco ético en el que aparecen los demás, la pregunta sobre
la vida buena compartida y otros valores ajenos por completo al círculo del
mercado. Pienso en los afectos y los tiempos de calidad necesarios para ser
compartidos, la amistad, los cuidados, la vida que palpita en los actos
creativos, el amor por el conocimiento, la dimensión artística, la fruición de
actividades que no aportan rédito económico y que llamamos desdeñosamente
aficiones, la reflexión sobre nosotros mismos sedimentada en ese corpus que son
las Humanidades, la contemplación de lo bello, la relación respetuosa y los
deberes contraídos con los animales, la admiración de la naturaleza, la
serenidad de una vida en la que dispongamos de mayor soberanía sobre nuestro
tiempo y nuestra atención. Para el mercado y sus herramientas financieras todo
lo que acabo de escribir aquí es una retahíla de inutilidades. Peor aún.
Considerarlas restringiría la ganancia máxima a la que aspira incrementalmente la
razón lucrativa. La racionalidad maximizadora que señala la doctrina económica
prescinde de evaluaciones éticas y afectivas, pero cuanto más humano es un ser
humano más peso concede a estos escrutinios cada vez que ha de adoptar una
decisión. He aquí la contradicción.
El neoliberalismo sentimental focaliza su narrativa en una subjetividad
ficticiamente autárquica escindida de todo proyecto comunitario. Su
principio rector es la exacerbación atomizada del yo como punto de partida y
punto de llegada. Arbitra la realidad desde un yo tan preocupado de sí mismo
que neglige la obviedad de estar rodeado de otros yoes como él y de un medio
ambiente social y económico tan protagonista en su decurso como su propia
voluntad. Su escenario es disyuntivo en vez de copulativo, es competitivo en
vez de cooperativo, es distributivo en vez de integrativo. Es el tú o yo en vez
del tú y yo que da como resultado el pronombre de la tercera persona del
plural, nosotros, en cuya territorialidad descubrimos la afiliación a la
humanidad y al proyecto siempre inconcluso de humanizarnos. Esta santificación
del yo o este analfabetismo del nosotros omite que toda felicidad individual se
apoya en un marco de felicidad política o colectiva. Toda ética de
máximos (que es donde se lleva a cabo la solidificación de los
contenidos de la felicidad privada) requiere de una ética de mínimos (un
entorno de justicia para facilitar el despliegue de la autonomía). El
sentimentalismo neoliberal se fija hiperbólicamente en el primer horizonte,
pero desestima el segundo, cuando sin este segundo el primero es una quimera.
Apremia al individuo a que crezca y mejora, pero esa mejora se considera fuera
de lugar o imposible si se relee colectivamente y por tanto interpela acciones
corales y políticas.
Frente a lo cívico, la ideología de la autoayuda neoliberal privilegia el
lenguaje primario del yo. Frente a lo político, entendido como lugar de
intersección, fetichiza lo autorreferencial. Hace poco le leí a Josep María
Esquirol en La resistencia íntima que «la
proliferación de la autoayuda es paralela a la proliferación de la
política más banal». La plaga de literatura en torno a la sentimentalidad
exenta de la presencia del otro va pareja a un sistema político y económico que
aparta la valoración ética, que es precisamente la acción deliberadora en la
que aparece el otro. La despolitización del espacio intersubjetivo
alimenta el narcisismo de un yo absorto con la imagen que le devuelve su
espejo. En el neoliberalismo sentimental se neglige la interdependencia y
por tanto la reflexión en torno a una vida más confortable para todos, ese
todos que es el sujeto que preside los enunciados radicalmente éticos. Esta
labor requiere la estigmatización de sentimientos que juzgamos necesarios para
la vida en común. Patologiza la tristeza y la señala como una incapacidad psicológica.
Sacraliza la felicidad y la conexa con el éxito entendido como acumulación de
capital, bienes, propiedades, titulaciones, visibilidad, reputación,
influencia, jerarquía. Desacredita el sentimiento de la compasión porque
la compasión señala pequeñez, necesidad del otro, atenta contra el yo como
deidad (hace unos días me encontré un libro titulado Tú eres Dios y
tu marca tu religión), impulsa a la petición de justicia si el daño que
vemos en nuestro congénere es ocasionado por causas sociales. Relee la
indignación como una incompetencia del que no sabe interpretar los reveses
injustos como oportunidades de mejora. Eleva el esfuerzo personal a solución
para problemas estructurales, omitiendo que quien consigue la gratificación a
través de ese esfuerzo perpetúa el problema e individualiza la culpa entre los
competidores no premiados, que siempre los habrá por pura definición del
concepto de competición o de juego de suma cero. Demoniza la cotidianidad
estable motejándola de zona de confort de la que hay que huir para que la
mediocridad no nos mineralice. Ridiculiza a las personas contentas con la vida
sencilla en la que aposentan su existencia tildándolas de conformistas o
adocenadas o reticentes al cambio. Cuando la autoayuda neoliberal cita la
palabra amor es siempre hacia uno mismo. Desfigura así el sentido prístino del
término que no es sino cuidar al otro.
Uno de los primeros ensayos que advertían de los peligros sentimentales y
sociales de la autoayuda sentimentalmente neoliberal era el sólido y bien documentado Sonríe
o muere. La trampa del pensamiento positivo de la periodista y
activista estadounidense Barbara Ehrenreich. Defendía que ese pensamiento
positivo que nos indica que cualquier aspecto negativo de la realidad debe ser
interpretado como oportunidad estimula un escenario idóneo para la mansedumbre.
En vez de cambiar las condiciones del estado de las cosas cuando nos salpican y
ensucian hay que cambiar lo que pensamos de ese estado de las cosas. Ni
pensamiento crítico ni motivaciones para la impugnación. Estamos ante la piedra
filosofal de la perpetuación de lo hegemónico y su consecuente sumisión. Ahora
se entenderá mejor el ejemplo icónico y muy divulgado de que las personas que
sufren inequidad en el ámbito laboral en vez de acudir al sindicato piden cita
para relatar sus cuitas al psicólogo. También se hace más comprensible que
se nos invite a ser empresa de nosotros mismos (el Tú eres Dios y tu
marca tu religión, que cité unas líneas más arriba), a gestionar el yo como
proyecto empresarial, el neosujeto inserto en una competición darwinista
idéntica a la que opera en el mercado porque él es una mercancía más, no un
sujeto con dignidad, es decir, un sujeto con derecho a tener derechos,
concretamente los Derechos Humanos. De este modo la lógica del mercado se
apropia de la lógica de la vida, y una dimensión puramente económica alimenta
toda una constelación de emanaciones sentimentales. Todavía recuerdo el
impacto que me produjo leer el consejo vital que prescribía para la obtención
de éxito un autor de gigantesca resonancia mediática y cuya bibliografía me he
leído entera: «La cebra no ha de ser más rápida que el león, ha de ser más
rápida que las otras cebras». Si se acepta este símil como ejemplo de la
aventura humana, también habrá que aceptar que Margaret Thatcher no se equivocó
en absoluto cuando hace cuatro décadas anuncio que «la economía es el
método, el objetivo que nos importa es cambiar el alma humana».
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| Obra de John Wentz |
El lenguaje popular nos informa de que la hipocresía es el tributo que el vicio le rinde a la virtud. La persona que se guía hipócritamente promociona unos valores que luego sin embargo no pone en práctica. Hipócrita es por tanto quien imposta afecto a una manera de entender el mundo y a través de diferentes ardides orales alardea de ser quien en realidad no es. Según el diccionario de la Real Academia, «la hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan». Hay desavenencia entre lo que se privilegia en los argumentos y lo que después acaba cuajando en las acciones. Se conocen las palabras que se estiman en la conversación pública y se elogian en aras de ampliar la cotización en el parqué social, o se autocensuran aquellas otras en las que se cree firmemente a sabiendas de que no son populares y defenderlas en cualquier ágora acarrearía perjuicios en la reputación. La hipocresía sería en síntesis el acto en el que una persona se comporta de forma opuesta a los valores nobles postulados por ella misma.
Algunos
autores conceptualizan esta estratagema no como hipocresía, sino como buenismo.
En su ensayo La banalidad del bien,
Jorge Freire define buenismo como «disimular por medio del lenguaje melifluo y
moralista las propias intenciones». Tanto la hipocresía como el buenismo nos indican que la ética vive entronizada en los discursos, pero
destronada de los actos. La
ética se suplanta por cosmética lingüística. La astucia del neolenguaje y la parafernalia conceptual de los valores encubren la conducta cuestionable a la que se aspira. Este empleo hipócrita, buenista o maquiavélico de los valores hace que seamos duchos en enumerarlos y señalarlos, pero no en practicarlos. Cansado
de esta constatación, David Cerdá propone que «hay que hablar
más de comportamientos y menos de valores». Conocemos y aplaudimos valores que
sabemos humanizan y proporcionan mejores soluciones a la convivencia, pero
luego nos inclinamos por aquellos comportamientos que los subvierten porque
procuran ventajas privadas a costa de dañar los bienes públicos. Hablo en presente, pero quizá debería hacerlo en pasado.
En Las palabras rotas, Luis García Montero nos recuerda que «necesitamos sacar las palabras y su tiempo del cubo de la basura del descrédito para que nuestros actos respondan a ellas y de ellas». Acaso sea ya tarde para esta labor. Uno de los indicadores más notorios de la barbarización del mundo consiste en que los valores éticos se van apartando de la conversación pública en favor de valores inescrupulosos que se festejan con orgullosa autocomplaciencia. Las palabras que embellecen el comportamiento cuando se cumplen han dado paso a otras que lo deslucen y lo estropean. Muchos representantes del poder formal democrático ya no consideran ningún desdoro hacer un uso público de la palabra para atentar contra los Derechos Humanos. Ya no necesitan guarecerse en el disimulo que procuraba la hipocresía. Son malos tiempos hasta para la retórica acendrada y pulcra que la impostura requería para su despliegue. Que en el vocabulario político se utilizara panegírica y frecuentemente la palabra dignidad, aunque luego se la minusvalorara en las decisiones, era un escenario más tranquilizador que este otro en el que no se tiene pudor en desdeñarla o ningunearla.
En uno de los capítulos del ensayo Dignidad, y tras explicar su genealogía y su funcionalidad, Javier Gomá define la dignidad como lo que estorba. Y especifica: «Estorba a la comisión de iniquidades y vilezas, por supuesto». Su elevación a derecho (la dignidad es el derecho a tener derechos, concretamente los Derechos Humanos) tuvo como precautorio fin el que nadie pudiera convertir la vida ajena en un festín de la propia. Hasta hace unos años resultaba inverosímil que alguien con responsabilidades en la esfera pública pusiera en entredicho valores vertebrales para la convivencia y la dignidad humanas. La vergüenza o el rubor aconsejaban el silencio o la impostura, el vicio seguía rindiendo tributo a la virtud. La hipocresía alababa esta dignidad, aunque quienes la elogiaban estuvieran persuadidos de que estorbaba y ocluía la consecución de sus verdaderos intereses. El avance degenerativo es que ahora abiertamente se señala su condición de estorbo, pero no como freno para la crueldad y la violencia, sino como impedimento para satisfacer intereses abyectos casi siempre asociados a la rentabilidad económica y la expansión de poder. La paulatina desaparición de la hipocresía no es una buena noticia como se podía prever. Es la constatación de un retroceso preocupante.
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La autenticidad se podría definir como la cualidad de una persona en la que no se percibe una pronunciada distancia de separación entre su mundo discursivo y sus prácticas de vida. La persona auténtica habitaría en las palabras con las que se enuncia, articularía su mundo aferrada a unos valores elegidos voluntariamente, se configuraría como una subjetividad incanjeable en tanto que los hitos de su autodeterminación han sido levantados desde una opción personal. Las personas somos idénticas en lo sustantivo (nos constituye la tríada compuesta por la vulnerabilidad, la afectividad y la mortalidad), pero diferimos en lo adjetivo. Es en la esfera de esta adjetividad de donde emanan las condiciones de la autenticidad. En Ser y tiempo, Heidegger distinguía entre una existencia auténtica y otra inauténtica. En la inautenticidad el ser vive plegado al discurso social dominante, se estructura con expectativas heterónomas, se presenta expurgado de narrativas escritas de su puño y letra. Por el contrario, en la autenticidad el ser vive conforme a lo que espera de sí mismo, y por tanto su día a día se engalana de acciones en continuidad con lo que predica su verbo y experiencia su universo afectivo. La contemporánea individualización del sentido nos enfrenta a la construcción incesante de autenticidad, o a su fracaso, a una vida alienada y disociada atestada de los dolorosos sentimientos de expropiación e insuficiencia. La creciente vindicación de autenticidad connota la abundancia de artificios, impostura, mendacidad, estrategias de marketing, relatos publicitarios, la exigencia neoliberal de convertir al yo en una marca. Todo un tupido conglomerado de inautenticidad.
En el ensayo Yo siendo yo, Hans Laguna escruta la autenticidad en el mundo de las celebridades del universo pop, y en sus primeras páginas aclara de qué está hablando cuando se refiere este término tan vago: «Una persona es auténtica cuando es fiel a sí misma. Es decir, cuando se comporta conforme a ‘quien es realmente’. A su ‘yo verdadero’. Es este un concepto metafísico del que, sin embargo, todos tenemos una noción intuitiva. Nos parece de sentido común que, al margen del mundo exterior, cada uno de nosotros tiene una esencia que nos define. Y, todavía más, que es mejor vivir de acuerdo con ella. La realización personal no sería otra cosa que estar en armonía con esa identidad que sentimos como propia». Parece ser que es auténtico quien se erige en autor de su vida y declina ser espectador pasivo de su propia biografía. Es auténtica toda persona que se autodetermina conforme a idearios no demasiado polucionados por los mandatos del hábitat socioeconómico y político, o por los de la cultura y el destino de clase en el que sin embargo recala toda existencia al desembocar en la vida compartida.
Atendiendo a estas definiciones, y en un mundo que entroniza al yo como mónada autárquica, la mayor acusación que puede recibir alguien es la de inauténtico. Ser un falsario, pretender parecer lo que no se es, vivir en la impostura, son imputaciones gravísimas que pueden hundir la reputación de cualquiera. La difundida autenticidad es un valor muy preciado, pero no necesariamente un valor ético. Se puede ser muy auténtico y muy abyecto a la vez. En la era de la fantasía de la individualidad (cito el título del ensayo de Almudena Hernando), la sobrevaloración de ser tú mismo no garantiza ningún comportamiento cívico. De hecho son muchas las ocasiones en la que seguramente cualquiera de quien ahora esté leyendo estas líneas habrá deseado espetarle a alguien: «Por favor, deja de ser tú mismo y empieza a ser alguien mejor».
Con la autenticidad ocurre una paradoja similar a la que sucede con la humildad. Quien presume de autenticidad ya no es una persona auténtica, igual que quien se apresura a autodenominarse humilde abandona el seno de la humildad. Los soportes donde se asienta la autenticidad son percibidos por los demás, jamás por el propio sujeto. Si alguien se cree auténtico, ya no lo es. Si quien es auténtico lo escenifica, deja de serlo. Si se suscribe como auténtico porque así se lo hacen saber los demás, su aura de autenticidad se desvanece. La persona genuinamente auténtica lo es porque no sabe que lo es. Probablemente ni tan siquiera se habrá planteado en qué consiste la depuración de serlo. Este es el motivo por el cual la persona auténtica naturaliza y no ve en su proceder nada de lo que para sus observadores resulta digno de admiración.
Frente a la blancura que descubrió David Le Breton en personas que querían desaparecer por el agotamiento de ser, las personas que exhiben su autenticidad quieren aparecer, extender su visibilidad, crear marca, manufacturarse del tal modo que descollen para que la mirada ajena se fije en ellas. La pedagogía neoliberal prescribe que el yo debe guionizarse por el mismo relato normativo que el del emprendimiento empresarial. Es manifiesto que el ser que somos (sea lo que sea el ser que somos) no es una empresa ni un proyecto lucrativo, lo que no obsta para que prolifere la retórica motivacional que se empecina en que nos tratemos como si fuéramos entes corporativos obcecados en encontrar una ventaja personal que nos posicione en el mercado. Ser auténtico es un criterio que puntúa alto en esta competición en la que se da el contrasentido de que para que te vean como auténtico hay que dejar de serlo. A fuerza de hiperdemandarla, la autenticidad se desvirtúa hasta degradarse en artificio o recurso. Ser auténtico para alcanzar un fin es abiertamente inauténtico.
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